sábado, julio 11, 2009
Ahora, si en mitad de una conversación suelto que el tiempo es relativo nadie me va a preguntar con respecto a qué. Yo sé que mi jornada laboral pasa rápida a pesar de que paso unas diez horas allí. También que cuando quedo con alguien con quien me apetece quedar las manijas del reloj parecen enlentecerse. Y que a veces un día sin ver a una persona es mucho, demasiado, y otras, en cambio, puede pasar un año y parece que fuera ayer cuando nos vimos la última vez.
El tiempo es relativo según la atención que le prestemos a un acontecimiento, según el deseo que tengamos de que llegue, o que pase, o que permanezcamos en un estado concreto - siempre de vacaciones, siempre enamorados, siempre retozando en la cama con quien queremos -.
También con la intensidad con que vivamos ese momento, o con la intensidad con que esperemos algo. Aquí entran también las expectativas que no es otra cosa que un discurso que nos autoconstruimos, bueno o malo, y que vamos contrastando con aquello que realmente vivimos y experimentamos. Muchas veces estas expectativas, buenas y malas, no obedecen a ninguna razón en concreto, ni nada nos indica que algo deba ser como pensamos en primera instancia.
Alguien nos dice: cuidado, disfruta, prepárate, te aviso, ojo, qué suerte, es increíble, tampoco es para tanto, a mí me encantó, me horrorizó y espeluznó pero a los que iban conmigo ni fu ni fa, y así nos construyen nuestras expectativas. Y esperamos que algo de lo que nos han dicho concuerde con la realidad aunque en el fondo esperemos que no sea así.
Y de aquí nacen fracasos y éxitos. Quien atesoraba altas expectativas sobre un trabajo, sobre una relación o una empresa de cualquier tipo, frente a un par de sombras empezará a desanimarse. Y lo contrario con quien de primeras no esperaba gran cosa y, a pesar de ello, se aventura en cualquiera de aquellas y empieza a valorar lo que se encuentra, algo inesperado.
El tiempo es relativo, por tanto, con respecto a nuestros sentimientos. Anhelamos, deseamos, tememos, nos regocijamos, sufrimos y padecemos, nos angustiamos y nos esperanzamos - va y viene la esperanza y la angustia, vaivén de nuestros corazones -, y todo esto mientras esperamos. Las alegrías, si hablamos del tiempo, no pesan ni pasan igual que las penas. No debería, así pues, suceder lo mismo cuando esperamos una u otra.
Y así, en mitad de un discurso o de una conversación, entre cervezas o sentados en un escalón en mitad de la noche, ante un auditorio de alumnos o haciendo proselitismo entre nuestros allegados, soltamos: el tiempo es relativo.
Y en una esquina del aula, de pie frente a los que permanecen sentados en un bordillo o en el lugar más alejado de un grupo que cervecea vespertinamente salta uno y dice: ¿con respecto a qué?.
Pues con respecto a todo, espeta el interlocutor. Y el mundo sigue girando al mismo compás de siempre.
domingo, abril 19, 2009
Como dijiste que sería. Pero hablabas de tus sueños y no de lo que había de venir. Pero, ¿cómo ibas a saber lo que iba a venir si ni siquiera pensabas en el presente? El tiempo pasa rápido, el sentido se camufla en este caudal y sólo, y a ratos, en la soledad soleada de mi habitación pienso en ti.
Los días, sin sobresaltos, suceden simplemente. Pasan y vuelan, sus minutos traen poca sustancia a esta sopa y, casi sin rechistar, mansamente la degluto.
Estoy dejando de escribir y no me sorprende que no me cueste. Hacerlo siempre me ha deparado, entre otros dolores, quebraderos de cabeza. Ahora me preocupan otras cosas e inevitablemente life goes on.
Entre vicios y virtudes voy siendo, voy formado el caparazón con que me resguardaré cuando ya no pueda mudar de piel. Cuando el sol que reciba lo atesore dentro de mí para el resto de días que me quedan. No creo que haya un reloj con mi cuenta atrás, no hay destinos escritos ni vidas definidas.
En muchas ocasiones me he creído sobrehumano, esto es algo inherente a la juventud. Pero la carne se marchita, el cuerpo recibe magulladuras que nos hacen cobrar consciencia de nuestra mortalidad.
El amor no puede crecer en un terreno estancado. Agua, sol y aire limpio son su alimento.
Pienso en ti. Nadie es como tú y tú ya no eres nada para mí.
martes, enero 13, 2009
Y después de París lo que haya de venir, vendrá. Pero algo habrá, seguro. Y lo que sea tendrá sus días soleados y su lluvia entre medias, sus momentos alegres y tristes, y la melancolía arropará las noches de desencanto con la esperanza de sentir las paredes donde te halles como si fueran tu hogar de siempre. Fuera, en la calle, tal vez se hable la lengua cervantina o la de Moliére, quién sabe si la saudosa de Pessoa o la hiératica de Goethe, la que sea, tendrá su gramática y su semántica no diferirá, salvo matices culturales, de tu lengua natal. Un hi seguirá siendo un salut y hallo, hola, ciao y olá, pero la sonrisa o la indiferencia de quien te lo diga será variable y de ti depende interpretarla. La lengua es lo de menos, verás como la materia de la que está hecha la vida no entiende de raíces sino de sentimientos, y estos son universales. Tu casa será tu casa, independientemente de que sea house o home, la cerveza seguirá siendo tu zumo favorito y las canciones de amor te terminarán suliveyando irremediablemente, sean persas o tailandesas. Tal vez, quién sabe, te quedes allá donde vayas. En nuestro dni pone donde hemos nacido pero, ¿acaso dónde hemos de vivir, y por dónde hemos de caminar, y en qué lugar yacer? ¿qué continentes trasegar, con qué gentes reír, en qué mesas comer, qué labios anhelar? Eres ciudadano del mundo, tu cabeza ha de ir contigo y tu corazón dejarlo sentir libremente. Sin ataduras, sin cortapisas, con paracetamol por si duele. Los veinte sólo se disfrutan durante una década. Sólo uno puede decidir qué quiere ver en ese tiempo. Lo que haga en esa época marcará sus próximos treinta años. El que se embarca, navega por siempre. El que no abandona tierra se mareará en cuando pise un velero, el que vuela querrá alas y el que sueña deberá escribir para contar lo que por la noche ve. Sólo el que permanece impávido, echando raíces, el que no se mueve, el que no contrasta, el que no debate ni pelea por lo que cree, el que no sufre en pos de un bien mejor, sólo ese, y son muchos, somos muchos, la gran mayoría, muere habiendo vivido de menos. Y para vivir menos, ya somos muchos.
miércoles, diciembre 31, 2008
Las fechas sólo se eligen a veces. En otras ocasiones, nuestros actos o los eventos que suceden a diario ocurren sin mirar el calendario. Esta entrada tiene un motivo concreto, y la escribo por ser la fecha que es. En una época en la que todo es espíritu de renovación, - tanto para desprenderse de lo negativo que haya traído el 2008 como para mantener y mejorar las alegrías del año- todo el mundo se desea lo mejor. La retahíla de buenos propósitos subyacentes en todos nosotros durante los doce meses del año aflora en estos días que poco se diferenciarán de los próximos.
El cambio, la ruptura, la preparación emocional para dar el salto al próximo año debe gestarse desde mucho antes, los cambios se maduran con el tiempo, y el comienzo de 2009 no debe ser una fuente de frustración si no logramos lo que nos proponemos en un corto plazo de tiempo. El final de 2008 y el comienzo del nuevo año debe ser, ante todo y ante todos los deseos que nos presentemos a nosotros mismos como importantes, el reconocimiento del cambio. La voluntad de cambio es el pilar de nuestro futuro, el esfuerzo diario son las piedras con las que nos construimos. Olvidarnos de nosotros es inevitable en ocasiones, pero saberse encontrar y dedicarse un tiempo para proseguir con nuestro crecimiento y construcción es la mejor inversión que podamos hacer.
Yo os urjo a leer, escribir, cantar, bailar, sonreír, pasear, curiosear sobre cualquier cosa, trabajar y meditar, dedicar tiempo al tiempo, esto es no hacer nada, y medir las cosas por lo que nos conmueven .Compartir. Pensar y razonar con el sentimiento, y mesurar nuestras descabalgaduras de corazón. Beber y compartir el vino, entender la virtud y manejar el vicio, mirarnos al espejo a los ojos y ver como nos miramos al espejo en nuestra pupila. Sabernos poseedores de un Universo entero: nosotros. Somos la mejor arcilla, mejoremos como alfareros.
No dejemos que el tiempo nos haga olvidar nuestra maleabilidad, somos carne y sangre madurada, el tiempo nos da poso, el tiempo nos trae la felicidad.
viernes, febrero 29, 2008
Aún soy joven. No lo seré eternamente. Lo sé, y aunque empiezo a sentir el proceso de maduración de mi piel, de mi carne y de mis sentimientos, mi ser está surgiendo todavía. No es el ocaso sino mi propia alba la que vivo. Soy levemente consciente de este proceso, me reconforta saber que el periodo de turbiedad que hace un tiempo zarandeó mi existencia poco a poco se va desvaneciendo, los contornos de mi propia vida perfilando, y a pesar de tener tan pocas cosas propias tener tantas ajenas que me son dadas como el maná.
Sin embargo, un leve recuerdo de aquella nausea existencial me sigue acechando a intervalos irregulares y cada vez mayores. Me sorprendo pensando: ¿será un mecanismo reflejo de autodefensa integral? La invisibilidad de mis resortes emocionales me subyuga aterradoramente a esta vida que vivo. A mí, racionalmente, no hay nada más que me precipite al abismo que un amor desleído. Sentimentalmente la ausencia de besos y caricias.
Y sin pena ni pasión, sin ánimo pero tampoco desidiosamente, me aferro al concepto de la inexorabilidad del tiempo, tan etéreo como el humo de un incendio que a nadie calienta, alerta o guía en la oscuridad, esperando a que su transcurrir me proporcione las preguntas que parezco divisar imprecisamente. Porque no me importan cuáles puedan ser las respuestas. Ni siquiera si estas llegan algún día.
viernes, enero 18, 2008
Uno deja de escribir en un blog por dos motivos fundamentales: la apatía, abulia, desidia de su propia vida, con lo cual no hay nada que contar, o contarlo todo sin decir mucho. Por estar viviendo un periodo excitante, de continuas subidas y bajadas, nuevas experiencias, nuevos campos vitales. En definitiva, por tener tanto que hacer y tan interesante que se dejan de hacer cosas tan banales como contar por aquí qué es de uno.
No entro, por supuesto, cuando uno se gana la vida con esto. Entonces no tiene motivo para dejar de escribir. Podrá hacerlo mejor o pero, pero es el medio a través del cual se gana su sustento.
Una bitácora personal es diferente. Se escribe porque se siente la necesidad de escribir. Aunque no te lea nadie, aunque los que te lean sean tan pocos. Es una ventana abierta. A través de ella puede mirar todo el que quiera, todo el que llegue a divisarla. El paisaje podrá ser más o menos ameno, interesante, aburrido. Un paisaje más. Una opción más.
Uno no puede ni debe ni sería deseable que pudiera, elegir a los visitantes de su blog. Una visita guiada a las tripas de uno mismo. A las alegrías y las miserias. Las virtudes y los defectos - estos más ocultos pero siempre a la vista -. Un recorrido panorámico y detenido entre las pupas y beldades que uno posee. Entre sus miedos y vergüenzas, a través de aquello de lo que presume y de lo que se jacta.
Uno no debe poder elegir la calidad de sus lectores. La calidad de un lector no va reñida con la de la propia persona. Conozco a excelentes lectores que carecen de ese brillo que posee y rebosa toda gran persona. Y viceversa.
En estos dos meses ha sucedido algo singular. Los que nacieron en los 90 ya empiezan a tener la mayoría de edad. Me empiezo a sentir de otra época y aún soy suficientemente joven como para no notar ese desfase. ¿Se habrá acelerado el cambio generacional?
Por último, un apunte. Para los que lean esto. La vida son coyunturas. Uno pasa por distintas coyunturas durante cierto tiempo, ahora estoy viviendo uno de esos tiempos, que no son de crisis ni mutación ni nada similar. Más bien de definición. Y como este blog pasa por ser parte de mí, he de definir qué he de hacer con él. Si seguir o cerrar. Si sigo he de cambiar la línea.
Lo que cuento no me basta a mí para alentarme a seguir con ello. La fórmula - que nunca fue tal - ya me falla. Y eso no puede ser.
lunes, noviembre 12, 2007

Cuando Humberto recuperó la consciencia algo había cambiado. Sus gafas reposaban en su barriga, la huella de un dedo impregnaba uno de los cristales. Tenía la cabeza despejada, no parecía que acabara de despertar tras lo que le parecían varias horas. Se miró las manos – es curioso cómo al despertar de un desmayo o un desvanecimiento, o tras un amago de ambos o sólo uno, lo primero que os miréis sean las manos, y si tenéis un espejo cerca la cara. Vuestro rostro, los ojos circundados por una palidez súbitamente opalescente, una descomposición de la carne que aterra - por el estado depauperado de la piel, de vuestra integridad- y consuela -el hecho de que la veáis va ligado al los movimientos del corazón: sístole y diástole: otra forma de decir que aún estáis vivos, de que aún sois – y nada extraño vio.
Se sentía bien, más lúcido que tras despertar cualquier mañana. Su reflejo en el espejo era más que saludable, sus mejillas estaban coloreadas, su piel tersa como recién lavada, sus labios rojos y sus dos pupilas verdes más dilatadas de lo normal. Era media tarde, alrededor de las siete calculaba, cuando el sol de la temprana primavera ya está declinando y las flavas irisaciones dan una pátina de esperanza melancólica que embellece todo aquello que ilumina. Aunque había algo que descuadraba más que el recuerdo el sentimiento que sobre el salón de su casa tenía Humberto: no era la disposición de los muebles, el sofá seguía ocupando el centro de la espaciosa estancia, la mesa donde solía comer tras éste, con sus cuatro sillas tapizadas de azul marino, el escabel gris donde reposaba los pies mientras veía la tele o leía o simplemente pensaba cuando no le apetecía hacer ninguna de estas dos cosas bajo la mesita que disponía entre la televisión y el sofá, las estanterías combadas por el peso de los libros flanqueando la entrada, un par de cuadros cuya procedencia había olvidado en sus correspondientes paredes. Todo en el salón estaba en el mismo lugar en el que estaba antes de que Humberto perdiera la consciencia, aunque no recordaba cuándo ni lo último que vio. Aún así, algo latía dentro de aquella habitación que lo desasosegaba. No era su luz, era la densidad de la sala, la viscosidad ausente que estaba respirando. Su instinto de supervivencia, acuciándole desde el subconsciente le hizo una señal de peligro, sobresaltado corrió por el pasillo que tras doblar a la izquierda desembocaba en la cocina.
El estallido sobrecogió a todo el barrio. Todos los vecinos del edificio y varios de los edificios anejos fueron desalojados por los bomberos y el Samur, cuatro viviendas quedaron completamente destrozadas por la explosión y el inmueble sufrió daños estructurales que obligaron a su derribo una semana más tarde. Humberto murió, sin embargo, un segundo antes de que la misma chispa prendiese la masa gaseosa que flotaba por su piso, otra metafórica le prendió por dentro. Et deus in nobis, agitante callescimus illo. Y recordó su nombre, Gliceria Soares, esa compañera de clase de cuando sólo tenía siete años. Tal vez lo recordara porque compartía el apellido de uno de los grandes heterónimos que el poeta Fernando Pessoa usó en vida: Soares, Bernardo Soares; de cuyos escritos, filosofías varias y poemas disfrutó, sufrió y guardó no sólo en el recuerdo sino en su propia alma. Hasta el día de su propia ignición.
Basado en un hecho real sucedido en un edificio vecino cuando tenía cinco o seis años. Lo recuerdo porque fue un verano o dos antes de mudar de vivienda por primera vez en mi vida.
jueves, noviembre 08, 2007

La luz de la lámpara se filtra por debajo de la puerta. Odio dormirme y despertar cuando ya es de noche. Me encuentro entre dos mundos, el de los noctámbulos y el de los que se acuestan pronto y madrugan. Y en ninguno de ellos me siento cómodo. Además, me duele la cabeza. No sé si tomar café o un té, aunque termino decantándome por esta última bebida. Con el tiempo que hace fuera me sentará bien. Necesito escribir para poder expresar lo que siento. Pero tengo un problema, quiero expresar lo que siento sin pararme a sentir lo que estoy sintiendo. Quiero escribir lo que creo que siento, quiero contarlo para que lo lean, para yo leerlo, pero no creo que de verdad sienta así. A base de pensar me he forjado una forma de sentir. Reprimir sentimientos, ni buenos ni malos, se me da bien. Me cuesta asumir que hay cosas que es mejor nunca decir, y que en cambio otras han de ser dichas si queremos crecer, si queremos ser nosotros mismos y no la censura colectiva de nuestra propia naturaleza. Por mi naturaleza yo soy inconstante.
viernes, octubre 05, 2007
Uno suele prenderse de las cosas que a diario le rodean y, éstas, como nuestro propio cuerpo, son tan importantes en nuestra vida que al abandonarlas sentimos una mutilación en nuestro interior. En otras ocasiones diría que el cercenamiento es en el alma, pero yo la he sentido en algo mucho más humano: en las tripas.
Cuando me marché de Sevilla hace ya cinco años, el paisaje humano lo componían mis amigos y familiares, todos tan distintos y singulares, cada uno parte de mí y yo parte de ellos. El paisaje urbano, en cambio, del cual formamos parte en cuanto que lo habitamos, lo pateamos, lo utilizamos, deja de ser nuestro en cuanto nos marchamos. Los pequeños cambios que imperceptiblemente lo van modificando son tan nuestros como la propia ropa que vamos mudando con el paso de las estaciones, ropa heredada una y otra vez.
Una obra para ampliar las aceras guarda en el esqueleto de su creación tantas miradas nuestras como kilos de cemento para poder levantarla. Y nos parece lo más normal cuando por fin terminadas, empiezan a ser recorridas por todas esas personas, también espectadores de la obra. Poco a poco va perdiendo el lustre y la novedad, las primeras lluvias, los orines y las deposiciones de los canes van punteando las imbricaciones entre losas y losas, chicles y papeles quedan adheridas a las aceras como cicatrices calientes, y nosotros con nuestras miradas y nuestros pasos, sean estos en la dirección que sean, también deformamos las calles.
Un día de repente te marchas de la ciudad, o te mudas a otra parte de la misma, y de la misma forma en que conoces a compañeros de clase en el colegio, en la facultad, en el trabajo, y compartes con ellos experiencias, risas, algún llanto y cervezas, secretos y besos, improperios y vas creciendo, llega un día y de repente dejas de tener contacto con uno y luego otro y otro, y sólo lo mantienes con unos cuántos - y esto no depende de las afinidades individuales.
El origen está en algo tan incierto que no logró discernir -, y a veces incluso, alguien tan importante en tu vida, como la garante de tu primer escarceo desaparece, y pasan años hasta que vuelves a recordarla - un pasador de plástico rosa en el pelo de esa colegiala impúber que aún aletargada y con la mochila en un carrito se encamina al colegio te despierta del fondo de la memoria el mismo color rosa de un suéter que se solía poner los lunes lluviosos de otoño -, de la misma forma, decía, un día tras muchos sin pasar por un determinado lugar al que quedaron prendidos tantos recuerdos nuestros, pasas, y descubres incrédulo que has dejado de formar parte de ese lugar.
Con recelo y nostalgia notas que unos bolardos en determinada parte de la acera que transitas están gastados por el paso de tiempo, alguno inclinado de haber recibido un topetazo de algún coche, oxidados, y el recelo proviene de que ni siquiera recuerdas esos bolardos allí, lo que significa que hace tanto tiempo que no pasas por allí que tus miradas, tus pasos, tus inquietudes cargadas en el fondo del corazón, no han formado parte de ese escenario en todo ese tiempo. Y la nostalgia, como la última ola de unas vacaciones en el mar, nos inunda por dentro, nos esponja con un sentimiento que baila entre la felicidad de vivir y la tristeza de haber vivido.
Es cuando te das cuentas que los paisajes urbanos son inmóviles, inabarcables, intransitables desde el exilio, al contrario que las personas con quien seguimos manteniendo el contacto, pues a pesar de los cambios que el vivir la vida va provocando dentro y fuera de nuestro cuerpo, siempre queda un recodo de reconocimiento, un lugar común con los mismos accidentes, un par de aceras sólo transitadas por nosotros cuando nos encontramos. Inviolables en nuestra ausencia.
miércoles, octubre 03, 2007
De la misma forma con que la naturaleza con su fin reproductor nos inocula la libido, tal vez sufra de una pequeña desviación a través de la cual intento perpetuar no mi carne sino mis sentimientos - mi visión del mundo: humano en cuanto que emana de nosotros pero antinatural porque el fin de toda la especie, quitándole todo el revestimiento con que el ser humano la viste, es reproducirse - a través de mis palabras.
La cuestión es que estar continuamente dictándome y dictando titulares a todo el mundo termina cansándonos. De tanto relativizar banalizo la propia vida. Al final, termino pensando que ese libro que anhelo parir es mi vida, y que de tanto comenzarlo, de tanto idear las primeras frases, estoy dejando de escribir las que van justo después. Y de primeras frases una vida no debe ser vivida.
jueves, septiembre 27, 2007
sábado, septiembre 22, 2007
Soy de esas personas a las que les cuesta escribir lo que siente. Sin embargo, cuando me preguntan o cuando tomo la iniciativa y enumero y narro aquellas cosas que se me pasan por la mente y el corazón, se me aclaran las ideas y la palabra brota de mis labios con la misma naturalidad con que brota el agua de una fuente.
Por esta razón, cuyo origen desconozco, soy incapaz de escribir un diario. Lo he intentado en multitud de ocasiones, me he comprado libretas para ello, he abierto páginas del word con el encabezamiento “Diario”, incluso llegué a publicar en este mismo blog dos de ellos.
Desde pequeño he emborronado cientos de páginas que he ido tirando a la basura. Otras las he guardado, no hay en este descarte ningún motivo, son todas igual de mediocres. Si algún día llegara a ser una persona de renombre cobrarían interés por puro morbo, porque la gente quiere saber qué sienten, cómo piensan y actúan aquellas personas que destacan en algún ámbito de la vida social, piensan que en ello se encuentra la clave de su éxito. Yo no descuello en nada, así que difícilmente cualquier anotación mía pueda cobrar algún interés.
Y esto, a veces, me da mucha rabia. Porque me gustaría poder enseñar una parte de mí, hacer pornografía sentimental. Mi naturaleza es antitética con mis anhelos, pienso y deseo determinadas cosas que niego a través de mis actos. Leo y leo, para encontrar, a través de las palabras de los demás las mías propias, trato de meterme en sus pieles, y me embelesan sus pensamientos, sus palabras tan precisas que definen estados emocionales tan comunes y tan difíciles de perfilar con palabras. Y me doy cuenta de que no soy capaz de alejarme de mí lo suficiente como para escribir con la lejanía del que se sabe protagonista de una vida pero rechaza el vivirla. Esta es, quizás, la mayor traba con la que me encuentro: me siento vivo cuando almaceno las palabras en mi interior, cuando las escribo una leve sensación de olvido se apodera de mí, como si al dejar testimonio escrito de ello pudiera desprenderme de la experiencia vivida. Por este motivo, cuando un lugar me gusta demasiado, cuando en un viaje un paisaje me deja sin palabras, cierro los ojos un segundo, aspiro y dejo la cámara de fotos colgando en el pecho. Si escribiera sobre ese lugar, si con una foto intentase captar lo que he sentido en esos instantes, todo el sentido que para mi tenía se desprendería de la palabra y la de la imagen y dejaría por completo de significar nada para mí.
Así que aunque inevitablemente tome muchas fotografías a lo largo de cualquier viaje, sólo lo hago en aquellos momentos en los que no estoy sintiendo nada especial. De esta manera, entre foto y foto, o entre recuerdos puestos por escrito, revivo con mayor intensidad los momentos especiales, pequeños tesoros que prefiero no guardar de ninguna otra forma que no sea dentro de mi cabeza, para no desvirtuar su viveza.
A veces pienso que en realidad estos momentos no son tan especiales pero en un momento concreto los sentimos como tal, y que precisamente por conservarlos en el formol de la escritura o de la fotografía podemos valorarlos retrospectivamente y ver su verdadera naturaleza. Pero la verdadera naturaleza sólo se entiende en el mismo momento de su revelación. Como dice en algún lugar que leí, un río a pesar de ser el mismo río nunca lleva la misma agua, es inútil tratar de sumergirnos pues en la misma corriente.
lunes, septiembre 03, 2007
Son números que se me acaban de venir a la mente mientras me quedan 17 correos por contestar, 7 exámenes por hacer, 9 asuntos por resolver y media docena de amores que marchitar.
Cumpliré 24, perderé esos 3 kilos y los volveré a ganar, responderé estos 17 correos pero otros tantos ya están redactándose o reenviándose a mi buzón, haré los 7 exámenes y algún día terminaré la carrera, resolveré esos 9 asuntos que, a fin de cuentas, tampoco son tan importantes y me volveré a enamorar. ¿no? Lo único que ojalá no suceda nunca es que me caduquen esa media docena de amores que me corresponden...
viernes, agosto 31, 2007
Parece que fue hace un lustro cuando estaba en una cala de Roche tumbado sobre la arena, dando brincos entre las olas, riendo con mi amigo Juanjo mientras iban cayendo uno tras otro los botellines de cruzcampo perlados por la condensación, acompañados por un tándem typical dominguero: filetes "empanaos" y tortilla de patatas. Pero fue sólo hace una semana.
Y si me remonto a la primera de agosto, cuando probé el cocido montañés cántabro in situ, la quesada pasiega, la marmita, las corbatas de Unquera, las fabes con almejas, el chorizo auténtico asturiano a la sidra... Y es que 25 días dan para mucho comer. Concretamente he aumentado mis reservas en tres kilitos, pero han sabido a gloria.
Ahora que de nuevo llegan los exámenes es momento de hacer doble penintencia por los excesos y regular un poco la dieta. Aunque hoy ya me la he saltado. Una menestra de verduras con pollo a la plancha muy rico, y de postre un helado de dos bolas: tarta de queso y dulce de leche. El café que no falte. Y es que así no se puede.
Para la próxima entrada os prometo alguna foto de mi escapada al norte.
lunes, julio 16, 2007
Hoy concluyo este diario. Me salto varias entradas y le pongo el punto y final. Por el mismo no-motivo que lo comencé lo finalizo. Tal vez una razón más profunda de lo que imaginaba me empujó a publicarlo y otra de la misma naturaleza me mueva a terminarlo. A pesar de que no tiene fin porque sigo escribiendo y, ante todo, sigo viviendo. Ojalá pudiera decir que el punto y final lo pondré cuando expire pero eso sólo lo hacen los grandes poetas:
É tal vez o último dia da minha vida.
Saudei o sol, levantando a mão direita
mas não o saudei, dizendo-lhe adeus.
Fiz sinal de gostar de o ver ainda, mais nada
Es tal vez el último día de mi vida.
Saludé al sol, levantando la mano derecha,
pero no lo saludé diciendo adiós.
Hice señal de que me gustaba verlo antes: nada más.
Fernando Pessoa.
Poema dictado por el poeta el día de su muerte
Si dijera que algunos de los que me leen con regularidad se alegrarán de que por fin deje de hablar de mis intimidades sentimentales mentiría. Y no porque realmente no se alegren sino porque en realidad esos algunos son muy pocos, con lo cual decir algunos cuando debo decir uno o dos, es pecar de exagerado.
El 31 de julio este blog cumpliría 1 año. En todo este tiempo he publicado 46 entradas. 25 de ellas son mi diario de estos últimos meses. Haciendo cálculos sale aproximadamente a una entrada semanal. Al contrario de lo que puedan pensar aquellas personas que me han hecho llegar sus impresiones directamente y nunca a través de los comentarios, que recuerdo están habilitados a todo el mundo sin necesidad de registrarse, no he publicado nada por rencor, ni por demostrar nada. Soy tal como me he descrito, no he dejado de decir nada de lo que pienso aunque haya dejado cosas en el tintero que no tenían nada que ver con la temática de estos post.
He hablado sobre todo del amor porque el amor está en todas partes. Love is everywhere. De mis sentimientos porque son los que hacen girar el motor de mi vida, de mi sufrimiento, alegría, nostalgias varias y desazones atávicas. He desnudado mi alma ante la mirada de los que hayan querido mirarme, porque esconderme en este mundo, circundado de almas con caparazón, me duele aún más que mostrarme tal como soy No he podido decir todo lo que me hubiera gustado porque no tengo aún la capacidad para escribir lo que digo. Pero a fin de cuentas he escrito todo lo que he sentido. Cuando sentía una punzada de melancolía o alegría abría el word y escribía. Esto no me ha llevado a ningún sitio, tampoco lo he hecho con este propósito. La vida es suficientemente racional como para pensar a cada momento el por qué hacemos las cosas. Este blog responde más a mis regurgitaciones emocionales que a la razón. Con esta probablemente nunca llegue a escribir nada.
He eliminado todas las entradas de ambas partes de mis diarios. Han sido vuestras durante todo este tiempo, ahora pueden descansar en mi ordenador sin temor a ser releídas. El resto de mis textos siguen siendo vuestros. Intentaré publicar con la misma regularidad que hasta el momento. Una vez a la semana cada viernes, a pesar de que aún no estoy en disposición de adquirir este tipo de compromisos.
lunes, abril 16, 2007
Una prueba irrefutable de que Nintendo ha conseguido llegar a todas las edades, algo de lo que ninguna otra compañía puede presumir.
miércoles, enero 03, 2007
Finalizadas las neuras de 2006 con las campanadas, las uvas y el cava, champán o sidra, procedente para tal evento, felicitado el nuevo año – ¡Feliz año nuevo! – y habiendo cambiado la foto de mi perfil, en la que parecía un intelectualoide de medio pelo (incluso eso proveniendo de mí mismo podría considerarlo un piropo), doy paso a la primera actualización de mi blog en 2007.
Curiosamente el final de año sirve para algo más que engordar un par de kilos, que te llamen o escriban aquellas personas que no suelen hacerlo durante el resto del año, que hagan especiales en la mayoría de cadenas de televisión para recaudar fondos en esta época tan consumista – algunos se sentirán mejor – o cualquier otra variante. Sirve, y a mí al menos me sirve, para descubrir con sorpresa que empiezo a tener pasado más allá del que tuve como niño y adolescente, y el gran descubridor de esta faceta que cada año se irá acrecentando son “las batidoras de 2006”, programas de relleno que fabrican todas las cadenas y en las que aparecen las mejores imágenes del año, las más sorprendentes, las noticias más relevantes, canciones de moda, y demás momentos caústicos que han marcado el agonizante año y en los que siempre hay un rinconcito para la nostalgia. Se echa mano del archivo histórico de Televisión Española y solucionado. Así me descubrí con cierto estupor viendo uno en el que aparecían imágenes de la década de los noventa y comienzos de dos mil, época en las que ya tenía de manera más que sobrada uso de razón. Esto causó en mi un cierto estupor. Recuerdos ya sabía que tenía porque, aunque poca, memoria tengo. No se trataba de eso.
Tenía además un pasado. Un pasado lleno de sentimientos propios y comunes al resto de mortales. Un repertorio de canciones que podría tararear con nostalgia junto a cientos de miles de personas. Series de dibujos animados que comentar no ya con fervorosa pasión sino con incongruente melancolía. Y barba. Y recuerdos de la moda de una época. Si miro una de las pocas fotos que tengo de cuando me hice mayor de edad veo con estupor que lo que entonces me parecía corriente en cuanto a modo de vestir, hoy empieza a estar en desuso. Que las sudaderas anchas no se llevan a no ser que seas rapero y la lleves extra large, que las zapatillas Paredes están completamente ensombrecida por Nike, Adidas y Reebok. Incluso las J’hayber blancas y azules, con su llamita en la lengüeta. Casi un objeto de culto que hoy sería calificado de hortera. Lo que ahora se llevan son los muelles.
Y la separación de mis padres. Un suceso normal en la vida de cualquier persona, padres e hijos. Más normal incluso hoy día, ya que la media de separaciones ha aumentado vertiginosamente en la última década. Y no es culpa de la emancipación y reivindicación igualitaria del género femenino sino por incompetencia masculina. En mi caso y en el de muchos. No sé en qué proporción.
Una separación que viví cuando tenía catorce años y mis padres llevaban 23 años casados. Dejaron de quererse o empezaron a ignorarse a los seis años de haber realizado el enlace. Tengo tres hermanos, 33, 32 y 28 años. Niña, niño, niña y yo. Dos parejas. Me consuela escuchar a mi madre decir que es lo único que le salió bien y de lo que no se arrepiente.
A los dos últimos mi padre no quiso tenernos. Hoy estoy aquí. No soy yo quien deba hablar de él porque cada vez que voy a Sevilla me entero de cosas nuevas que pasaron entre mis padres y que desconozco. Es normal, yo era pequeño, y eso a un niño pequeño no se le cuenta. Yo nunca noté amor en mi casa. Armonía tampoco. ¿Me marcó eso? Hoy sé que más de lo que un principio podría imaginar. Si a mis hermanos que son bastante mayores que yo les marcó, yo no habría de ser menos. Aunque lo de que a mis hermanos les afectase es algo de lo que me he ido enterando más tarde.
Crezco, crezco, crezco. La virtud de cumplir años es inmanente al hecho de nacer, el pasar del tiempo trae cosas buenas y cosas malas. Pero la vida es en sí misma bonita, agradable a veces, y para que la sintamos y disfrutemos, valoremos y sopesemos, es también amarga a sorbos. Como un océano infinito, recorrido por corrientes distintas que llevan a distintas islas. En unas encontramos paz, sosiego, calma, alegría, en otras soledad, tristeza, amargura, pero hay corrientes circulatorias que no conducen más que a un eterno vagar. Un camino interminable.
jueves, diciembre 21, 2006

“Un hombre puede andar aquí la vida entera y no hallarse nunca, si nació perdido”.
José Saramago, Levantado del suelo.
Navidad. Nunca un día dura tanto. Concretamente 45 días, del 22 de noviembre al 6 de enero (eso oficialmente). Y en realidad, Navidad Navidad sólo es el 25, día de la Natividad de Jesucristo. Y es que la Navidad es como el Universo, cada vez se expande más y más.
Navidad...¡ala, todos igualados por el rasero del cristianismo, aunque no queramos!. Y disfrazada además bajo una túnica tejida por el capitalismo que por estas fechas se viste su mejor sonrisa y propaga la idea de amor, fraternidad e igualdad. Igualdad en gastos, por supuesto.
Mientras gastemos, todos felices. Esa es la idea que, por sugestión colectiva alimentada por un bombardeo mediático (medios que no olvidemos viven de la publicidad), debe estar en nuestra mente.
Sonríe, sé feliz, recuerda a los tuyos, llámales y pasa a verlos, pero no te olvides del regalo, sí, sí, si los Reyes Magos ya lo hicieron hace dos mil y pico de años, llevándole incienso, mirra y oro a Jesús, cómo no vamos a continuar con esa costumbre. ¡ Por favor, faltara más! ¡No tendríamos corazón! Cómprale un móvil, además, mira qué barato, y las tarifas tirás de precio, para que no tengas excusas y les llames.
Y esto, queridos lectores (ayer descubrí con sorpresa que son más de tres personas las que me leen), ya lo sabíamos todos, ni puedo ni pretendo ilustrar sobre este tema. Si lo saco es porque lo que me preocupa (¿me preocupa realmente?) es que la gran mayoría (qué bonito calificativo) sabemos de estas artimañas y nos da un poco igual. Es tan fácil abandonarse a los placeres de la sobremesa, llena de turrón, orujo, mazapán, guirlache y demás postres hipercalóricos, que no sólo lo hacemos en cuerpo sino también en alma. Tándem completo.
Y es que todo es por los niños, o al menos esa es la excusa. Les compramos todo lo que piden por dos motivos. Uno, nos da pena que el niño crezca con complejo de pobre, en esta sociedad el que no tiene es menos que los demás. Dos, somos tan egoístas que nos ponemos en el lugar del niño y pensamos, Cómo no voy a darle lo que pide, a mí me gustaría que me regalaran todo. Claro, y como nosotros lo queremos todo, el niño también ha de quererlo todo. Y todo es lo que le regalamos. ¡Ah! Todo menos la felicidad. Esa no es la forma de conseguirla.
Al final todo es tan sencillo como no ir contracorriente, dejar nuestras cuentas a cero y nuestros cuerpos con unos kilos de más, refrescar el repertorio de villancicos navideños, llamar a esos familiares con los que no solemos hablar a menudo, sonreír más, protestar menos. Ay... dulce Navidad. ¿Os he dicho que os quiero? Amigos, la vida es breve, el arte largo, las relaciones efímeras, las estaciones periódicas, los estados temporales, y la felicidad duradera.
Hablando de felicidad, ¿qué me traerán este año los Reyes?
martes, diciembre 05, 2006
El tiempo, indecoroso hacia sí mismo, ha pasado más rápido de lo que esperaba. Esta es la sensación que me embarga y que he terminado de racionalizar, no obstante, en un recodo de mi fuero interno sé que jamás esperé nada del tiempo sino de las personas, y por no llamar al tiempo por su nombre me olvidé de su existencia.
Los días solariegos pasaron: la Feria del libro con sus escritores corcovados dedicando sus libros cargados de reflexiones, invenciones, anhelos, prejuicios, falsa moral; eruditos unos, místicos otros, proselitistas de su ego la mayoría. Todo aquello está sepultado no por el tiempo sino por la memoria. Hoy hace frío, el primer frío de un otoño tardío, cargado de nubes, de tormentas persistentes a lo largo de varias semanas.
Una de mis teorías y convicciones personales sobre la vida y su sentido, es que desde que el ser humano piensa y tiene memoria, las edades de envejecimiento han ido variando a lo largo de la historia. Así, mientras yo creo haberlo hecho muy rápido para la época en que vivimos, otros para la época en que vivimos no maduran. Cada momento tiene su magia. Cada paso que da el tiempo mide diferente según las personas, según el país y según la ciudad en que viva. Cada paso avanza distinto, por distintos senderos, algunos se encuentran en el camino, otros se enfrentan en él. Y en realidad todo tiene el sentido que uno quiera darle según el momento de embriaguez, emoción, lucidez, desazón, desánimo, esperanza o apatía, según el estado de ánimo de cada uno, medimos el mundo, lo cualificamos, y lo hacemos único y diferente.

